SECCIÓN DE NOVELAS INFANTO-JUVENILES

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 CAPITULO III
El Tesoro Mágido de las Pirámides
LOS EXPERIMENTOS Y LOS TELÉPATAS

Apenas cerré los ojos, me encontré sentado allí, pensando que había tenido un sueño hermoso. Sentía de nuevo mi pesado cuerpo... Bueno, no tan pesado; porque sólo tenía seis años. Pero todo aquello había sido tan real, que tenía serias dudas sobre si había sido un sueño o no. Mi conciencia allá adentro del mundo, era bastante diferente. Era como si allá, aunque fuese un niño pudiera darme cuenta de muchas más cosas.

- ¡Marcel! ¡Estás ahí!, -dijo Mamá entre alegre, sorprendida y preocupada, mientras llegaba al lugar vestida con su bata de dormir- ¿No te ha dado frío?... Es casi de noche. ¿Qué has estado haciendo durante la tarde, que ni te hemos escuchado?.

- Cierto... Es que... Bueno, nooo...

¿Cómo podía explicarles a mis padres lo que acababa de vivir? Y era muy tarde, pues el sol ya se ocultaba y en pocos minutos sería noche cerrada. También recordé que me habían pedido no decir nada sobre el viaje, así que dije que había estado durmiendo, y que había tenido un hermoso sueño. Mientras mi mamá me preparaba la cena, comentaba con mi padre lo extraño que había sido haberse quedado dormidos tanto tiempo.

- Nos acostamos a la una y media... ¿Cómo podemos habernos dormido hasta las nueve? Y no era que estuviéramos muy cansados...

El asunto quedó en una simple curiosidad. Pero mi interés por avanzar con los experimentos de las pirámides había aumentado. Si los dioses usaban enormes pirámides, sería por alguna razón muy importante. Aunque Iskaún no me diera muchas explicaciones, al menos ya sabía que sirven para curarse de algunos problemas de salud. Entonces insistí a mi Papá que averiguara lo que faltaba, porque aquel libro mágico escondía claves que seguramente llevarían a la comprensión del asunto. Pero como él tenía mucho trabajo, me recomendó leer el libro de nuevo, a ver si pillaba algún detalle que se nos hubiera escapado. Sin embargo, no parecía acordase mucho del libro... Finalmente fui a buscarlo y lo saqué del escondite y ahí mismo lo abrí, rápidamente, antes que mi madre volviera a notar mi ausencia.
Así fue que me encontré con que una de las páginas del libro era muy rara. Si la miraba desde el frente, sólo había palabras escritas, pero al poner el libro casi de plano, me di cuenta que se veía una imagen diferente. Y la imagen que se veía era una especie de mapa general de la Tierra, por dentro y por fuera.

Durante algunos días leí y releí el libro, pensando -como me había dicho mi padre- en cada frase, buscando el sentido a cada palabra. Una noche, poco antes de dormirme, me puse a leer, y el libro quedó allí, entre mis manos. Me empecé a dormir y soñaba con Iskaún. Pero me estaba dando cuenta que era un sueño, que era mi mente o la Voz Interior, la que quería decirme algo importante. Así que no abrí los ojos. Imaginaba que era la Voz Interior, que tomaba la forma de la hermosa cara de Iskaún para repetirme algo que ya había leído antes en el libro, sin poner mucha atención en ello.

- "Todas las grandes civilizaciones humanas utilizaron pirámides. Las construyeron de todos los tamaños, perfectamente orientadas para servir como referentes astronómicos, pero éstas servían para múltiples propósitos..."

- ¡Eureka! -grité en voz alta despertándome.
Cuando tranquilicé a mi madre, que entró asustada por mi grito, seguí con el libro. Esa frase estaba en el libro, y la había leído como chiquicientas veces, pero no me había dado cuenta antes. También lo había dicho Iskaún. Las habían construido "PERFECTAMENTE ORIENTADAS". Esperé hasta el día siguiente, porque Papá dormía, pues era muy tarde, y además yo tenía que ir a la escuela por la mañana. Apenas me levanté, fui a guardar el libro en su escondite y vi, sobre la pared del fondo de mi casa, a alguien que se asomaba. No alcancé a ver bien, pero era alguien que tenía gafas negras de sol. Si era quien yo me sospechaba, el libro estaba en peligro, así que me volví a la casa y le conté a Mamá lo ocurrido, pero ella no me creyó.

- Es que te has quedado con esa idea en la mente, y estás preocupado, así que deja ese libro por ahí, y vete a la escuela, o llegarás tarde.

Salí de mi casa muy preocupado y enfadado con mi madre, llevando el libro en mi mochila, pensando y repensando dónde o a quién podía dejárselo, para ponerlo a salvo. Así que más caminar, corría. Al llegar a la esquina me detuve, para mirar apenas asomado desde la última casa, hacia todas direcciones y justo pude ver a uno de los hombres. Esta vez iba vestido con ropas más corrientes, pero igual con sus gafas oscuras. Daba por hecho que me había visto con el libro cuando iba hacia el fondo de mi casa, así que no podía correr riesgos. Casi nadie conocía mejor que yo el barrio, así que eso jugaba a mi favor. Me volví en dirección a mi casa y empecé a correr, pero crucé la calle para meterme en un estrecho terreno baldío que salía hacia unos olivares.

Me metí por un agujero en el alambrado y para tomar un respiro me escondí tras uno de los gruesos olivos. Al asomarme, vi a uno de los hombres que estaba en la entrada del baldío, haciendo señas a otro que yo no veía. Señalaba en la dirección en la que yo estaba. Mi única oportunidad para despistarlos era internarme más en el olivar, pero debía mantener la dirección educada para que el olivo me tapara en la fuga. Las piernas me temblaban, pero al parecer calculé bien, sin embargo al atravesar todo el campo y llegando a la calle, un coche oscuro daba la vuelta desde un par de calles, hacia mi dirección. Justo venía también un grupo de chicos de mi escuela, y aproveché que cruzaban la calle, para cruzar yo y mezclarme con ellos. Me metí en el grupo saludando a los chicos, que eran mayores que yo, y traté de quedar al centro. Estos, que eran unos diez, me permitieron pasar desapercibido a los del coche.

El que conducía parecía muy joven, pero el acompañante era el compañero del que me seguía a pie; uno de los que me habían interrogado sobre Johan. Pasaron despacio, observando al grupo, pero creo que no me vieron y siguieron. Al llegar a unas vías del ferrocarril, miré hacia atrás, y el que seguía a pie estaba ya en la esquina donde había encontrado a los otros chicos. Así que cuando llegamos a un paso a nivel, aproveché para salirme del grupo y meterme por el costado del terraplén de las vías. Corrí como loco unos doscientos metros, hasta llegar a otra finca grande, con frutales, álamos y grandes eucaliptos. Tuve que saltar un alambrado y rogaba que Don Matías -el dueño de la finca- no me viera, porque tenía fama de espantar a escopetazos a los chicos que se metían a sacar frutas.

Desde ahí en adelante, yo desconocía la zona, así que no tenía idea de por dónde saldría. Llegué atravesando la finca, hasta otro alambrado que me separaba de unos largos viñedos y pasé entre los alambres con el corazón en la boca. Me di cuenta que el miedo se estaba apoderando de mí, y casi no podía respirar. Una vez en la viña, me senté en el suelo, escondido bajo de las vides. Se me ocurrió pensar que quizá esos hombres vivirían en el barrio, y que yo estaba asustado sin motivo, pero repasando los acontecimientos, la mentira del hombre que buscaba a Kornare con el pretexto de una hermana que no existía... El Libro era algo demasiado valioso, y no podía correr riesgos. Saqué la bolsita de plástico en que Mamá había metido mi merienda, y puse en ella el libro, preparado para esconderlo donde encontrara un lugar adecuado.

Cuando me hube recuperado y tranquilizado, luego de respirar varias veces de modo profundo, seguí la línea de viñedos hasta llegar a la parte de atrás de unas casas. Había en una de ellas una portezuela de tela de alambre, que por fortuna estaba abierta, y entré al patio trasero golpeando las manos. Una mujer salió al patio y me preguntó muy mal agestada, qué hacía en el fondo de su casa.

- Disculpe... Es que tuve un problema con unos chicos... Y me tuve que escapar... Me metí en la finca de Don Matías y luego no podía salir por el mismo lugar...

- ¡Ah!, pero... ¡Qué peligro has corrido...! Ese viejo chiflado es capaz de meter un escopetazo a cualquiera, sin preguntar ni una palabra... Bueno, pasa por aquí ¿Te han seguido los gamberros?.-dijo en tono más amable.

- Creo que no, señora... Bueno, tengo que irme o llegaré tarde al colegio.

- ¿Al cuál vas?

- A la "Pedro Palacios". Ya deben estar entrando a clases...

- Hummm, tienes poco tiempo... Hay como un kilómetro desde aquí.

- Si, pero quiero pedirle un favor...

- ¿De qué se trata?.

- Tengo un libro muy pesado que no quiero llevar a la escuela. ¿Podría guardármelo Usted? Yo puedo pasar otro día a recogerlo...

- Claro... Ven adentro.
La mujer me hizo pasar a la casa, y me llevó a una sala donde me encontré con una biblioteca espectacular. Había miles de libros allí.

- Como ya de todos modos llegas tarde, puedo prepararte un café con leche... ¿Has desayunado?

- No, no tuve tiempo, pero gracias, señora, no quiero causarle molestias...

- ¡Que no es molestia, chico! De todos modos ya llegas tarde. Y a mí me gusta la compañía de los niños. También soy maestra de tu escuela ¿Sabes?, pero voy en el turno de la tarde. Puedo hablar con la directora y te quedas conmigo hasta que se enfríe el asunto con los otros chicos... De paso, si quieres, me ayudas a clasificar algunos libros que estoy ordenando ¿Te parece bien?

- Me parece magnífico, muchas gracias. Es Usted muy amable... -dije, pensando que más bien era el Angel de la Guarda-

- Mientras preparo nuestro desayuno, busca un lugar donde dejar tu libro, pero recuerda dónde lo dejas, porque si no, no será fácil encontrarlo.

Eso me vino como anillo al dedo. Sólo yo sabría dónde estaba el libro. La señora Aurora Heredia llamó a la directora del colegio y le dijo que me quedaría con ella ayudándole.

- Todo arreglado, entonces... -decía ella- ¿Cómo te llamas?

- Marcel, de primero "A".

- Si, Marcel, de primero "A"... Bien... Si... Gracias, Naty. Un beso... -y colgó el teléfono- ¿Sabes, Marcel? ¡Todo arreglado!. No te pondrán tardanza ni inasistencia.

Pasé toda la mañana con ella, conversando de todo un poco, y un buen rato ayudándole a clasificar los libros. Mientras yo leía el título de cada libro y el autor, ella lo escribía en una planilla y me decía donde debía ponerlo. Ya cerca del medio día llegó su marido, y el hombre resultó ser tan simpático como ella. Conversamos un poco sobre su viña, que trabajaba con gran esmero, porque le comenté que yo también tenía algunos parrales en casa. Me hizo algunas bromas sobre las peleas con los otros chicos, y a punto estuve de decirle la verdad de lo que estaba ocurriendo. Pero les pedí que conservaran ellos el libro, aduciendo que mi hermanito era muy destrozón y temía que pillara el libro y lo rompiera. Accedieron encantados y pude volver a mi casa un poco más tranquilo.

En la tarde salí, como siempre a dar una vuelta en la bicicleta, pero me puse la capucha de un disfraz. Pero no volví a ver a los hombres aquellos ese día. Era casi de noche cuando pude hablar con mi padre y contarle lo ocurrido, entonces me dijo que sin decir nada a nadie, fuera a casa de su hermano Francisco, y tratara de localizar a Johan, para ponerlo sobre aviso.

- Ten mucho cuidado -me dijo Papá- No sabemos que intenciones tienen esos granujas, pero creo que son peligrosos. No preguntes por Johan directamente. Busca a tus primos como si fueses a jugar con ellos. ¿Entiendes?.

- Si, Papi, descuida...
Volví a montar mi bicicleta, sacándole los cartones y broches que ponía entre los rayos para hacer ruido, y anduve los casi tres kilómetros que había hasta la casa de mi tío. Era un sitio difícil de encontrar y bueno para esconderse, porque había muchos árboles y viñas. Mi tío me dijo que mis primos no llegarían hasta más tarde, así que me animé a preguntarle por Johan.

- ¿Johan?... ¿Quién te manda a preguntar por él?.

-Mi papá... Es necesario que le encuentre...

- ¿Y tu padre sabe que Johan vino aquí?.

- Si, tío, claro que sí. Me lo dijo él hace unos cuantos días...

- Ya se ha ido... Dile a tu padre que se acerque en cuanto pueda. Dile que tenemos que hablar sobre el asunto del terreno...

- Bueno, se lo diré. Ahora me voy, que ya es de noche.

Me despedí de mi tío más preocupado que antes, al ver su cara de preocupación. Llegué en poco rato a mi casa, aprovechando la pendiente a favor del camino, y Papá también se quedó preocupado. No le dije nada del libro, porque recordaba que Iskaún me había dicho que los Narigones podrían ser telépatas y averiguar casi cualquier cosa. Pero le pregunté si conocía a los Narigones.

- ¿Los Narigones? No se quiénes serán, pero...

- Algo como Narigonés S.A.

- ¡Ah!, si, claro... Narigonés Sociedad Anónima. Es una empresa de altas tecnologías. Unas están haciendo investigación para usar los satélites que mandan al espacio, y transmitir telefonía, radio y televisión a todo el mundo. Pero los de Narigonés se preparan para hacer alto espionaje de todo el mundo y a todas... ¿Quién te ha hablado de ellos?.

- ¿No te acuerdas del papelito del libro?.

- ¡Ah!, Claro... Bueno, la verdad es que esa es gente peligrosa. Creo que son los que buscan a Johan. Y a propósito de ello... ¿Está el libro...? Creo que había un libro en este asunto... ¿Está bien guardado?.

- Si, no te preocupes... No lo encontrarán.

Notaba que mi padre estaba disgustado con que yo estuviese sabiendo todo o casi todo, o disgustado con él mismo porque no se acordaba bien de qué libro hablábamos. Sin embargo no olvidaba que alguien buscaba un libro y a Johan, y que había un peligro.. Pero hasta ahora, ello había salvado al libro y quizá no habían encontrado a Johan. No sabíamos de qué iba la cosa, aunque lo que yo entendía era lo que me habían dicho Iskaún y Uros.

- Dime, Papi... -pregunté- ¿Qué puede tener ese libro que sea tan importante?

- Yo creo que sabes demasiado. Si me descuido, más que yo. Y eres un chiquilín todavía. Me da miedo que estés involucrado en esto.

- Bueno, pero ya lo estoy y no he metido la pata ¿Verdad?.

- No. Por eso no te dejo al margen del asunto. Pero no quiero que tu madre sepa demasiado, porque ya sabes... Se pone histérica y con toda razón.

- De acuerdo... Pero no me has respondido. ¿Qué puede ser tan importante?

- No lo sé. Ese libro tiene muchas fórmulas, secretos de toda clase. Y esos tipos buscan desarrollar tecnologías para tener poder, en vez que para ayudar a la gente. Ellos desarrollan tecnologías para uso militar... ¿Comprendes?.

- Si. Claro... Con gente así es como va el mundo...

Al día siguiente, en el colegio, la maestra me preguntó por qué no estaba atendiendo la clase, y me quitó la hoja en la que había dibujado una pirámide, y escrito la frase sobre las ellas...

- "...de todos los tamaños, perfectamente orientadas" -leyó en voz alta- ¿Esto tiene algo que ver con el ejercicio de aritmética que he explicado?

- No, señorita. Es que... Bueno, estaba pensando en otra cosa...

- Bien, guarda eso y atiende, que si no aprendes a manejar los números, tampoco aprenderás a manejar pirámides, ni nada por el estilo. La geometría no se puede entender sin la aritmética... ¿Pero qué quiere decir eso de "perfectamente orientadas"? -preguntó con curiosidad.

- Pues, que mi Papá y yo estamos haciendo unos experimentos con unas pirámides, y hemos descubierto que no nos funcionan bien cuando no están perfectamente orientadas, o sea que tienen que estar en una posición determinada, y no en cualquier posición...

- ¿Y para qué sirven las pirámides? -interrogó la maestra un tanto incrédula.

- Para muchas cosas. -dije- Parece que son mágicas, pero aún no lo sé muy bien. Algunas personas se curan sus heridas más rápido, y esas cosas.

- Bueno, ya está bien... Ahora atiende a la clase de aritmética y dejemos la pirámide para la clase de geometría ¿De acuerdo?.

Cuando salía al recreo luego de la hora de geografía, vino la secretaria a preguntarme si estaba interesado en aprender inglés, porque el día había recibido una beca para estudiar en un instituto, pero como no había ido a la escuela, no me había enterado de ello.

- ¿Estudiar inglés? -le pregunté extrañado a la secretaria.

- Claro, creo que es una buena oportunidad. Vinieron dos señores de un instituto de idioma... No recuerdo como se llama, pero dijeron que tú sabrías como ponerte en contacto con ellos.

- ¿Unos señores con gafas de sol?

- Si... Justamente -dijo la mujer con gesto de curiosidad.

- Pues esos no son de ningún instituto, señorita. Si los ve, llame a la policía, porque andan haciendo averiguaciones raras...

- ¿Qué dices?

- Como lo oye, señorita -respondí con firmeza- Esos hombres son mala gente. Verá que en cuanto les diga que llamará a la policía, se esfuman.

- ¿Y cómo sabes tú quiénes son?

- Pues... Es que... Bueno, yo lo sé. Y es largo de explicar. Pero es como le digo. Y si le quedan dudas, hable con mi Papá, que mañana viene a instalar el timbre del patio de la bandera.

Con lo dicho, la secretaria puso cara de extrañeza, y se volvió hacia la dirección. Por mi parte, prefería olvidarme de esos tipos y esperé con gran ansiedad al día siguiente, en que quizá hablaríamos de pirámides en geometría. Pero la maestra me explicó que no estudiábamos en el primer grado de escuela, nada relativo a las pirámides y otras formas complejas. Sólo hablábamos de figuras geométricas, de cuadrados, de paralelogramos y otras cosas, que de todas maneras serían muy importantes para entender el asunto de las pirámides. Pero en casa, mi papá me explicaba muchas cosas que no me enseñaban aún en la escuela, mientras comenzábamos de nuevo con los experimentos piramidales.

Le conté a él lo que había descubierto sobre la orientación, y en cuanto se desocupó de sus asuntos nos dedicamos a orientar las pirámides, con una cara hacia el norte, como las pirámides de Egipto. En unos días conseguimos un interesante resultado. Habíamos puesto un pedacito pequeño de carne en la pirámide más grande, que era más o menos como la que acompaña este libro, y ésta era de aluminio. Pasados tres días, entré al taller y apenas entrar sentí un fétido olor a podrido. Pensé que era una pena, pero había fallado este experimento también, porque la carne estaría podrida. Iba a sacar el trocito, cuando al acercarme apenas sentía olor. Volví hacia la puerta, y me di cuenta que el olor no venía de la pirámide. Miré por todas partes, hasta que detrás de unas herramientas, en el suelo, encontré una rata muerta que era la causa del mal olor. Así que con todo el asco del mundo, me puse un guante de trabajo de mi Papá, que me quedaba muy grande, y agarré como pude la rata, que enterré en la huerta.

Luego volví a la pirámide, y comprobé que el pedacito de carne estaba bastante seco, pero no tenía ningún olor. Lo saqué apenas un momento, y volví a dejarlo en la pirámide, para sacarlo luego, junto con mi Papá, que también estaría muy contento de que el experimento de "momificación" hubiera, -por fin- dado al menos un resultado. La verdad es que saltaba de alegría. Si se podía disecar sin que se pudriera un pedazo de carne... ¡Cuántas cosas maravillosas escondería en su milenaria ciencia la pirámide!. La cara de satisfacción y asombro de mi Papá, eran un claro indicio de que el asunto era importante de verdad. Así que se entusiasmó tanto, como para fabricar cinco pirámides más, de diversos materiales. ¡Queríamos descubrir con urgencia todo el tesoro mágico de la pirámide!.

El primer experimento con un ser viviente, lo hicimos con una abejita que apareció en el suelo, entre las hojas secas de uno de los álamos, mientras estábamos fabricando las pirámides. Vi que no podía volar, y me dio mucha pena, y se me ocurrió que podíamos intentar curarla.

- No creo que sea buena idea -dijo Papá- porque se mueren, como todos los seres, y cuando les llega la hora... Quedan así, y ya no pueden seguir volando. Además te puede picar si intentas agarrarla.

- Pero podríamos intentarlo, total no hay nada que perder... -insistí.

- Bueno, está bien... -dijo mi Papá luego de pensarlo un poco- Habrá que ponerla en una jaulita de tela, para que no se vaya.

- No, no hace falta -dije muy seguro- porque así como está no podrá ir muy lejos. Y si le dejamos un poquito de miel, podrá alimentarse...

- Bien, pero en vez que miel, podemos ponerle un poco de polen de calas, de cinerarias y de azucenas, así evitamos que se quede pegada.

Finalmente, con un papel recogí la abejita y la metí dentro de la pirámide que ya teníamos bien orientada, y decidimos ponerle una tela en la puerta, para evitar que se escapara, y así saber si el tratamiento había sido efectivo. Le pusimos una hoja de vid mojada, el polen que mi padre recogió de las flores y -por las dudas-, una gota de miel muy pequeña. Al día siguiente, antes de ir a la escuela, no podía contener mi curiosidad y mi deseo de liberar a la abeja, así que fui al fondo, a ver si aún vivía. Apenas abrí con todo cuidado la tela de la puerta, la abejita salió de la pirámide volando con tremenda vitalidad. Daba vueltas alrededor de mí hasta que se posó en mi brazo. Debo reconocer que tuve miedo de que me picara, pero se frotaba las patitas y volvía a volar a mi alrededor, para colocarse encima de mi cabeza, sobre mis manos, y hasta sobre mi nariz.

- Bien, abejita, -le dije pensando que podría entenderme- ya puedes irte... Y me alegro que te hayas curado. Cuando quieras, vuelve a la pirámide...

Pero la abeja no se separaba de mí. Entré a la casa abriendo y cerrando rápidamente la puerta del corredor que comunicaba con el patio, pero la abejita se pegó a mi hombro. Revoloteaba sobre mi cabeza y volvía a posarse en mi pelo o en mis brazos, y yo sentía que era todo un ritual de agradecimiento. Mientras desayunaba, Mamá estaba un tanto asustada, porque veía a la abeja sobre la mesa, cerca de mis manos, o en mi hombro.

- No te asustes -le dije- que no me hará nada. Ya somos amigos. La pusimos ayer en la pirámide y se curó, y ahora me lo agradece con su compañía.

- ¡Anda ya!, no digas tonterías... Que se ha venido donde estás tú porque has volcado azúcar en la mesa, y eso la atrae.

Como yo ya sabía muy bien, ante ciertas cosas hay que callarse y no discutir. En todo caso, Papá era testigo del asunto, pero él ya se marchaba al trabajo. La abejita me siguió acompañando hasta que salí, y ya en la calle, la perdí de vista. Cuando nos reunimos para comer, a mi regreso de la escuela, comentamos el asunto y Mamá no terminaba de creer; aunque le dijo a mi padre que de todos modos, era muy curioso que la abeja permaneciera a mi lado con tanta insistencia. Apenas terminamos la comida nos fuimos al taller a completar algunas cosas que habíamos dejado sin hacer con las pirámides, como colocarlas comprobando la orientación y la nivelación, poner muestras de distintas cosas, y terminar de hacer una de chapa de cobre. En esta última, pusimos como elemento de prueba, una begonia de hojas muy bonitas y gruesas. Después, mi papá se fue a dormir la siesta, y yo me quedé bajo la parra, esperando como desde hacía varios días, que apareciera Iskaún y me llevara a su mundo.

Me dormí un rato allí mismo, pero no ocurrió nada. De repente me despertaron unos ruidos tras la pared del fondo. Miré hacia ella y vi una escalera que estaba seguro no haber visto antes, así que fui corriendo a preguntarle a mi padre si la había traído él. Estaba levantándose de su sagrada siesta, y me dijo que la escalera la tenía en la escuela, donde estaba haciendo arreglos de electricidad. Cuando le dije que era otra la que había allí, y que había ruidos del otro lado, salió corriendo hacia el fondo, y yo tras él. No puedo transcribir aquí las palabras que dijo mi Papá, pero el asunto era temible. Alguien la había puesto para meterse a la casa, desde la casa de Johan Schneider. Sacó la escalera y la dejó en el piso, entre los parrales, y nos fuimos corriendo a la calle, y dimos la media vuelta a la manzana. Tocamos el timbre en la casa de Schneider pero no salía nadie.

- No creo que tengan suerte, Dominguín... -dijo una vecina que pasaba por ahí- porque el viejo Johan está en Alemania, visitando a sus nietos.

- ¡Oh!, Doña Celina... ¿Cuándo se fue? -preguntó mi padre.

- Hace como quince días. Y de paso operarán allá a su mujer, que tiene problemas de las rodillas, así que seguramente demorarán un poco...

- Y... ¿No ha vista a nadie entrar a la casa?

- No, la verdad que no, salvo yo misma, que vengo día por medio a regar las plantas...

- O sea que Usted tiene llave de la casa... -dijo mi Papá.

- Claro, Domingo... ¿Pero es que ha ocurrido algo?.

- Si, es que alguien ha intentado desde ésta, entrar a mi casa. Y hace sólo unos minutos.

- Justo tengo la llave aquí, con las mías, así que si quiere, damos un vistazo...

- Si, pero mejor hagamos otra cosa. Si son ladrones pueden estar armados. Yo me quedo aquí y Usted va y llama a la policía.

La mujer asintió con la cabeza y fue rápidamente a su casa, justo en frente, y en pocos minutos salió.

- Ya está. Vienen enseguida.

- Marcel... -me dijo Papá- Esto puede ser peligroso. Vete a casa y dile a tu madre que esté atenta. También mira si hay alguien en lo de Doña Elsa y en la casa de Oscar, no sea que intenten escapar por detrás...

Apenas alcancé a oír las últimas palabras, porque ya estaba corriendo lo más que podía, y en uno o dos minutos estaban avisados mi madre, los vecinos de al lado y algunos otros.

- ¡Hay ladrones en el barrio! -gritaba Doña Elena- ¡Salgan todos, que hay ladrones!, ¡Hay que rodear la manzana!.

La voz chillona de la vecina se escuchaba en toda la calle y resultó muy efectiva. Era un horario en que casi todos los vecinos se encontraban en sus casas. Yo no sabía si volver al fondo de mi casa o dar la vuelta y volver donde estaba mi padre. Me quedé unos momentos frente a la puerta de mi casa, y ésta se abrió violentamente. Todo ocurría en un sólo instante. Los dos tipos de las gafas oscuras salían corriendo, y Mamá detrás de ellos, a los gritos y con el hierro de remover las cenizas de la estufa, dando por los lomos al que corría menos.

- ¡Aquí están los ladrones! -grité con todas mis ganas. Los vecinos reaccionaron en el momento y salieron todos detrás de ellos, que ligaron palos y piedrazos por todas partes en sólo unos segundos. Uno de los hijos de Doña Elsa, que era muy corpulento, se lanzó a las piernas de uno y lo tiró al suelo, pero el otro sacó de entre sus ropas, una pistola. Tres vecinas se le echaron encima y no sólo le quitaron el arma, sino que le dejaron magullones y arañazos por cantidades industriales. Si no hubiera llegado a tiempo la policía, los hubieran desmayado a golpes.

- ¡Ya decía yo que estos tipos eran muy raros! -decía Doña Chela, escondiendo un palo de amasar tras su vestido para que uno de los policías no la relacionara con la herida en la oreja que tenía uno de los linchados.
Los policías eran cinco o seis, y vinieron en dos coches. Metieron a cada uno de los maleantes en un coche y se los llevaron, tras tomarle declaración sumaria a varios vecinos. Mi padre había avisado también a los vecinos de la otra calle, y custodiando el frente de la casa de Johan Schneider, se había perdido la escena. Llegó justo cuando la policía estaba por irse, así que les pidió que esperasen, para verles las caras a los de las gafas.

- Si quiere verlos bien, nos acompaña y hace su declaración en la comisaría...

- De acuerdo -respondió mi padre al policía- Voy en mi coche ahora mismo.

Los policías se fueron y los vecinos ya tenían para pasar la tarde de comentarios y suposiciones. Mientras, yo le rogaba a Papá que no fuera a la policía, porque sabía que no eran simples ladrones...

- No te preocupes. Ya le dije al oficial que iba, así que no puedo echarme atrás ahora. Además, no te preocupes. Sean quienes sean, esos sinvergüenzas no aparecerán más por aquí.

- Pero es que pueden ser telépatas, Papi...

- ¿Queeeeé? ¿Telépatas? ¡Esos son rateros!, han estado vigilando la casa y nuestros movimientos para entrar a robar... Saben que tengo muchas herramientas caras...

- Si, pero lo que quieren robar es el libro... Vamos, Papi, que sabes muy bien que no son simples ladrones. Esos son los que preguntaron por Johan...

Mi padre me miraba desconcertado, porque quería hacerme creer que no era para tanto, y pretendía que yo, como era un niño, quedara al margen del asunto. Pero no estaba dispuesto a que me dejaran de lado, aunque no podía explicar lo que me habían dicho Iskaún y Uros. Sabía que los malandras eran de los Narigones o como se llamen, y que quizá fueran telépatas.

- Bueno, si son ladrones, quiero que me lleves. Voy contigo...

- ¡Ni hablar! -dijo él decididamente. Pero yo sabía algo de la "magia de la insistencia".

- ¿Qué te preocupa? Si son ladrones ni se fijarán en mí. Si son de los Narigonés tampoco. Soy sólo un niño, y además allí hay muchos policías ¿No?.

No se cuántos argumentos más le puse, uno tras otro, y cuántas "facturas" le cobré de ayuda en su trabajo, de mis buenas notas, de mis deberes bien hechos, de que nunca le falté el respeto ni tenía quejas de los vecinos, de mi buena conducta en la escuela... Por ahí casi meto la pata... Hasta que resignado accedió. Pero cuando entramos en la comisaría, algo me hizo sentir miedo. En un rincón estaban los dos tipos de las gafas, conversando muy amigables con los policías. Mi padre entró muy cabreado a la recepción y empezó a decir:

- ¿Cómo es que estos granujas están de charla corrida con el personal policial? ¿Es que acaso ellos son policías?.

Los dos policías que charlaban con los "detenidos" estaban con unas caras de totales imbéciles, y Papá y yo nos dimos cuenta que el asunto era peligroso. Los de las gafas no las tenían puestas, y al mirarnos fijamente, sentimos sus miradas penetrantes y poderosas.

- ¡Son telépatas, Papi!.- grité- ¡Hay que ser fuertes y no mirarles a los ojos!.

- ¿Donde está el Comisario Padilla? -gritó mi padre- Quiero ver al Comisario ahora mismo, o aquí termina preso hasta el Jefe de Policía de la Provincia.

- ¿Qué pasa aquí? -preguntaba al entrar el Comisario.

- ¡Por fin!. -dijo Papá bajando la voz- Disculpe Don Carlos, pero está ocurriendo algo grave. Esos tipos que han detenido han cometido violación de propiedad privada, con escalamiento de muros, atropello personal a mi esposa, invasión de una propiedad eventualmente deshabitada, han estado haciendo averiguaciones de modo ilegal... Bueno... No me dirá Usted que estos tíos son policías secretos o algo así...

- ¡Que va!. Acabo de mandar un telegrama con su descripción a la central, y me avisan que los está buscando el ejército, por espionaje y otras cosas peores. Pero... Pero... ¿QUIÉN LES HA QUITADO LAS ESPOSAS?!!

Los dos policías seguían allí, con caras de tontos, y apenas empezaron a reaccionar con los gritos del Comisario. Se miraron entre ellos y como si se dieran cuenta que estaban siendo influenciados de alguna manera, se lanzaron sobre los maleantes, que miraban fijo al Comisario y se le acercaban como para explicarle algo. Les arrojaron al suelo y les dejaron boca abajo, mientras uno de los policías decía:

- Señor Comisario, estos tipos son muy, pero muy peligrosos... Nos estaban... Perdone, Señor, pero no lo va a creer...

- ¡Nos estaban hipnotizando! -gritó el otro- ¡Lo crea o no, estos desgraciados nos estaban hipnotizando!

- ¿Es que está loco todo el mundo o me están gastando una broma?

- No, Comisario -respondí yo- Es cierto. Esos hombres son peligrosos porque son telépatas. Pueden leer el pensamiento de la gente, entonces dicen alguna cosa con que las personas quedan tan sorprendidas, que no pueden reaccionar. Y parece que también pueden hipnotizar... Creo que son de una empresa que se llama Narigonés S.A....

- ¿Eso te lo dijo Iskaún? -dijo uno de los hombres que me miraba desde el suelo con sus ojos que parecían taladrar los míos.

- Si, me lo dijo... -empecé a decir, pero un escalofrío de miedo me sobresaltó.
Sin embargo, reaccioné y mirando para otro lado pensé que si decía cualquier cosa sobre Iskaún era porque sabía sobre la Terrae Interiora o porque estaba leyendo mi mente. Pero pensé que en cualquier caso, nadie le creería que dijera cualquier cosa al respecto. Lo tomarían por loco.

- ¿O lo leíste en el Librrro? -preguntó de nuevo.
Pero no me pilló desprevenido. Hacía ya unos días que venía pensando la posibilidad de enfrentarme a los telépatas y cómo evitar que supieran donde estaba el Libro Mágico. Había elaborado una imagen en mi mente, con el libro dentro de la Gran Pirámide de Keops, de la que había visto muchas fotos interiores y exteriores. Pero como las explicaciones de Iskaún me habían hecho saber que un telépata podía sentir todo lo que yo sintiera, porque no sólo se leen los pensamientos, sino también los sentimientos, había preparado una sorpresa para los posibles telépatas. Me puse a recordar con toda la intensidad posible cuánto había sufrido cuando tuve el sarampión, y recordaba con claridad cómo me había ahogado con un pedazo de pan, por comer apurado. Mantuve con tanta fuerza la imagen en mi memoria, que el hombre empezó a retorcerse en el piso hasta ponerse morado. Eso me asustó, porque comprendí que nada menos que yo, que no aguantaba de ver sufrir ni a una mosca y que era un pequeñajo, estaba contrarrestando el poder de un hombre telépata, aunque yo mismo no lo era.

- O sea... -dijo el hombre sonriéndome malévolamente- Que como erres de los débiles no serrías capaz de librrarte de mi parra siemprre...

Esa provocación me llenó de bronca, y el malvado se reía más. Pero ni mi padre ni el Comisario pasaban por alto lo ocurrido. Estaban muy atentos a mí y a los otros. Papá me puso la mano en el hombro y me dijo que no les hiciera caso, porque estaban empezando a jugar conmigo.

- No van a jugar conmigo. Yo seré un niño... Pero la próxima vez, si es que la hay, les irá peor.

El telépata se reía más fuerte y luego los dos se burlaban de mí, tratando de meterme miedo y descontrolarme. Pero yo no estaba dispuesto a perder ni una batalla con ellos. Recordaba cuánto le había molestado mi miedo a Iskaún, así que observé mi miedo y traté de sentirlo más fuerte, más fuerte, más fuerte cada vez. Finalmente los hombres dejaron de mirarme y fijaron sus ojos en el Comisario.

- ¡Que se vaya! -le gritaron- ¡Sáquelo de aquí!

- ¡Ah!... Parece que el niño les molesta a los señores... -dijo el Comisario.

- Si, es un incorrrdio. Porrr favorrr, sáquelo de aquí.... -respondían

- Señor Padilla -le dije al Comisario- Piense Usted en cosas feas que haya sentido. No deje que ellos le manejen la mente... De verdad que son telépatas.

- Si... -dijo el Comisario- Son espía de Narigonés S.A. Eso lo dice todo.

Dijo eso en voz baja y llamó a otros policías más para custodiar entre varios a los detenidos.

- Mucho cuidado -les decía a sus subordinados- Estos tipos son extremadamente peligrosos. Son entrenados en telepatía y se los van a llevar los científicos del ejército. Pero mientras tanto no hay que permanecer mucho con ellos, ni mirarles a los ojos. Así que al calabozo inmediatamente. Les pasaremos la comida por debajo de la puerta. Y no escuchen lo que les digan.

Luego salimos a la calle y al hablar él con mi padre descubrí que eran amigos.

- No te preocupes Dominguín, que estos tíos no aparecerán más por aquí. Por lo que parece, no tienen el Libro.

- No, creo que no lo tienen, no tuve tiempo a asegurarme... Pero pueden venir otros. Ya sabes. Parece que han descubierto donde tenemos el Libro. Uno de éstos fue a verme en el trabajo, no recuerdo con qué excusas, y terminó hablándome de libros esotéricos. Cuando caí en la cuenta de que lo que quería era hacerme pensar en el Libro y dónde estaba, ya era tarde. Habrá que cambiarlo de lugar. Si lo han encontrado, puede que esté en la casa de Johan Schneider, así que te llamaré si hay que buscarlo... No puedo entrar ilegalmente.

- No se preocupen, señores... -interrumpí- Veo que no me cuentan mucho últimamente... Y mi Papá se hace el ignorante... Pero estén tranquilos. El libro está bien guardado. Lo mejor sería que yo no les dijera nada a Ustedes, porque ya veo que los telépatas les averiguan todo...

- ¿Y a tí no te lo han averiguado recién? -dijo preocupado el Comisario.

- No, señor Padilla. Hace unos días que vengo pensando cómo evitar que me lean el pensamiento, así que creerán que está en la Gran Pirámide de Keops, pero les resultará un poco complicado hasta la idea de ir allí, porque he imaginado que el que quiera entrar a buscar el libro se queda encerrado para siempre al caer un bloque enoooorme...

- ¿Eso tiene que ver con el ahogo que tenía el crápula ese?

- No. Me concentré en el recuerdo de una vez que me ahogué con el pan. Y me imaginé que estaba ahogándome hasta morirme, tirado en el piso...

- Oye, Dominguín... -dijo Padilla- ¿Este es un niño o es un enano...? ¿No hay como sacarlo de este asunto tan peligroso?

Mi padre se rió un poco, negando con la cabeza y luego dijo que no sabía si debía sentirse orgulloso o desesperado. Conversaron dos o tres cosas y convinieron en que por el momento, lo mejor era dejar que sólo yo supiera dónde estaba el Libro. Unos días después, ya estaba más tranquilo todo, y mejor aún me quedé cuando nos fuimos a la montaña, a la casa de Johan Kornare, y allí se reunieron él, Papá, el Comisario Padilla, mi tío Francisco y otro hombre al que no conocía. Allí, aunque no pude estar en sus conversaciones, mi padre me explicó que eran miembros de una Orden de Caballeros y que su misión era cuidar algunos elementos mágicos y ciertos conocimientos, para no se perdieran, pero que debían evitar que cayesen en malas manos. Justo cuando todo iba tan bien y habían pasado ya varios días de aquellos momentos peligrosos, algo me llenó de tristeza y mi corazón parecía llenarse de amargura.

Mi mamá había comprado dos canarios muy bonitos, pero estaban prisioneros en una jaula pequeña. Cantaban muy bonito, pero yo sentía que no eran felices. No podía ver esos pajarillos allí, sin poder volar. Antes había visto canarios en la casa de mis primos, pero aunque no me había gustado verlos presos allí, tampoco me habían entristecido tanto, pero ahora yo recordaba lo maravilloso que había sido volar junto a Iskaún, y me imaginé prisionero de una jaula, condenado a no poder volar o caminar, siquiera. Entonces le dije a mi mamá que por favor los soltara, porque yo no iba poder estar en la casa sufriendo como los canarios.

- No digas tonterías, Marcel. Los canarios están muy bien allí. ¿No los escuchas cantar?. ¿Acaso puede alguien cantar si está triste?.

- Si, Mami, yo algunas veces canto de tristeza... -y era muy cierto-

- Anda, lávate las manos que tienes que hacer los deberes de la escuela...

- Pero antes, por favor, suelta los canarios... Por favor...

Me explicó que los canarios siempre estaban enjaulados, porque estaban más seguros allí, que los gatos se comían a los canarios que andaban sueltos, que estaban acostumbrados, que si los soltaba se irían lejos y se morirían de frío o de calor, que comerían cualquier cosa y podrían enfermarse... Pero nada de eso me había convencido. Mis insistentes ruegos terminaron en una pequeña paliza. Mamá se había salido de quicio. En realidad, ni sentí los cachetazos. El dolor del Alma era mucho más intenso, pero ella no podía comprenderlo. Así que cuando se descuidó, ¡zas!... Abrí la jaula de los canarios, y sentí como que volvía a vivir, cuando los pajaritos tomaron vuelo. Unos minutos más tarde, se armó la de Troya.

- ¡Maaarceeeel! ¡Te voy a dar una palizaaaaa!...

Y la paliza fue un poco más grande, pero no llegó a ser tan dolorosa como ver los pájaros enjaulados. Mi hermano pequeño, que estaba por cumplir los cinco años, también "voló" lo más lejos posible, no fuera que también recibiera lo suyo por haber roto un frasco de mermelada. También mi padre se enfadó mucho y me dijo que se acabarían los experimentos con las pirámides y las conversaciones de Magia, como siguiera con esas tonterías de soltar a los pájaros. Uno de los canarios volvió a las pocas horas, a posarse en el parral del patio, y mi madre lo atrapó echándole un baldazo de agua. Al día siguiente compraron otro. Pero yo no estaba dispuesto a soportar aquel espectáculo terrible de tener prisioneros en casa, así que le dije a Papá que se preparara para darme una paliza bien fuerte, porque en cuanto pudiera, volvería a abrir la jaula, aunque se me acabaran los experimentos mágicos, aunque me gritaran todo el día y aunque me mataran a palos.

Mi padre me miró muy serio, y yo pude advertir su gesto de preocupación. Entonces me dijo que no lo hiciera, porque ya pensaría algo para conformarme y que a la vez permitiera tener en casa a los canarios. Sin embargo, pasaron muchos días sin que el asunto tuviera solución. Yo sentía que poco a poco, me iba apagando. Algo en mí, era como una vela que ya no brillaba. Sufría por tener que llegar a casa y ver esas malditas jaulas. Cada vez que hablaba del asunto, recibía un reto, y apenas insistía, mi mamá me reprendía. Así que trataba de olvidarme. Pero no podía. Era como llevar una condena, porque compartía con los pájaros el tormento de su prisión. Ya no tenía interés en la Magia.

Había hecho una cuantas veces, invocaciones mágicas de las que escuchaba hablar a mis compañeros en la escuela, y de las que había leído en libros de cuentos, pero ninguna resultaba. Sentía que mi sufrimiento era tan grande, que no podría soportarlo por mucho tiempo. Así que le dije a la maestra que me iría de mi casa. Pero no quería decirle cuál era el motivo. Entonces me dijo que como volviera a decir algo así, llamaría a mis padres. En esos días, mi tristeza por los canarios encerrados no me dejaba ni un instante, y sólo fueron soportables gracias a que una amiga de mi madre había venido a visitarnos trayendo unos regalos.

A mi hermano le trajo un bonito coche de carreras y sabiendo mi gusto, a mí me trajo un libro que me llenó de emoción. Abrí el envoltorio y casi me desmayo de alegría al leer el título: "Viaje al Centro de la Tierra", de Julio Verne. En un par de semanas terminé de leer el enorme y maravilloso libro, que me confirmó que lo que había vivido con Iskaún no era un sueño, y alguien más sabía del tema, aunque en el prólogo decía que era una "novela". Como no quería dejar el libro me lo llevaba a la escuela, y me ponía a leerlo en los recreos.

Al acercarse mis compañeritos, interesados principalmente en los dibujos del libro de Julio Verne, me puse a dar más detalles y casi se me escapa de que yo conocía la Tierra Interior, y apenas dije algo, uno de ellos que era mi mejor amigo me miró con cara preocupada.

- ¿Es que acaso te has metido en alguna caverna, para saber tanto de la Tierra?

- No, Esteeee... Es que he leído el libro. Y en otros libros... -respondí a Rubén.

- Yo creo que adentro -interrumpió Carlitos- está el Diablo, y allí hay fuego y hace mucho calor, y los que se portan mal son condenado por los siglos...

- ¡Calla, tonto! -dijo Mario- Esas cosas ya no se las cree nadie. Yo no se cómo es la Tierra por dentro, porque no conozco a nadie que haya ido, pero mi tío es geólogo, y dice que hay cavernas enormes y muy profundas, donde cabrían ciudades enteras. Pero el problema es que no llega la luz.

- A mi me parece- decía Rubén- que además de cavernas está llena de fuego, aunque no creo que ni el Diablo pueda vivir allí, porque lo que sale por los volcanes es el fuego de la Tierra. Pero la verdad que lo más interesante, para mí, es ir a otros planetas. Me gustaría ser astronauta. Si, seré astronauta.

- A mí también me gustaría ser astronauta -dije coincidiendo- pero antes, me gustaría conocer muy bien todo el mundo, que es bastante grande. Quisiera descubrirlo todo, por dentro y por fuera.

Como ya había pensado yo eso de estudiar para hacerme astronauta, porque no podía esperar a hacerme Mago, para que Iskaún me permitiera volar en una de aquellas naves redondas, y hacía poco había aparecido una nota en el diario sobre el proyecto para ir a la Luna, ocupé el siguiente recreo en escribir una carta a la NASA, pidiendo información de que requisitos debía reunir, y si aceptaban niños astronautas yo iba de voluntario. Volví a conversar varias veces con mis compañeros sobre el asunto, que me distraía un poco de las clases, pero cumplía bien con mis tareas y estudiaba para sacar buenas notas. Pero cada vez que volvía a mi casa, sufría lo indecible por causa de los canarios. No recuerdo cuántos días aguanté, pero era insoportable. Por fin un día, me animé a decirle a Papá que yo sentía que me estaba muriendo, por causa de ver los canarios allí en la jaula. Así que me dijo que ya tenía pensada una solución.

Esa tarde, algo más relajado, fui a casa de un compañerito de escuela a hacer unas láminas que debíamos dibujar entre ambos, y cuando volví me encontré con algo mucho peor que los pájaros enjaulados, y no pude contenerme de llorar porque parecía que me iba a morir de angustia. Les habían cortado las alas a los pájaros, que intentaban volar y apenas se arrastraban y daban tumbos en el suelo. Era lo más terrible que había visto en la vida y creo que hasta hoy no he visto nada tan doloroso en cuanto al trato a los animales.

Le dije a Papá que era un criminal, y Mamá me dio tal cachetada que quedé encajado bajo la mesa del comedor. Allí me quedé llorando con tal desconsuelo, que no podía escuchar lo que me decían. Mi padre se acercó y me tomó de los brazos, alzándome para sacudirme y gritando que me callara, para oír su explicación.

- ¡No les he cortado las alas, sino sólo las plumas de las alas!. Les volverán a crecer, pero para cuando las tengan largas otra vez, se las cortaré un poco menos, así podrán...

- ¡Noooo! -gritaba yo aterrorizado con la idea de que siguieran en las mismas, cortándole las alas a quienes habían nacido con ellas para volar. No quería oír ninguna explicación a lo que me parecía inexplicable. Decididamente, eso de cortarles las alas a los pájaros, era como si a mí me cortaran las piernas. Me mandaron a encerrarme en mi dormitorio, y allí estuve llorando hasta la noche. Mi hermano Gustavo también se había puesto a llorar, porque aunque era muy pequeño, entendía muy bien lo que pasaba. También le dolía mucho aquello. Al día siguiente, cuando me despertó mi padre, me dijo que no me preocupara, que no cortaría más las alas a los canarios. Que cuando les crecieran las plumas, ya estarían acostumbrados a estar dentro de la casa, pero no en la jaula.

Pondría unas puertas de tela mosquitera, así no se escaparían, pero tendrían toda la casa para volar. Mi madre decía que harían "lo que nadie puede hacer por ellos", en toda la casa, y dejarían todo enchastrado. Pero Papá decía que esperaríamos a ver qué ocurría, y si no hacían sus necesidades en la jaulita, que quedaría abierta para que fueran allí a cagar, comer y beber, les compraría una jaula más grande. Al día siguiente fui a la escuela rogando a Dios que los canarios aprendieran a no llenar de caca la casa.

- Señorita -pregunté a la maestra en cuanto tuve ocasión- ¿Usted sabe cómo pueden amaestrarse los canarios para que hagan sus cacas siempre en el mismo lugar?.

- No, no sé... -respondió dudando- ¿Es que tienes canarios?

- Yo no, pero mis padres sí, y si no aprenden a hacer sus cosas en la jaula, les van meter allí y los dejarán presos de nuevo. Y yo estoy... Yo... -me puse a llorar otra vez y no me pude consolar por un buen rato.

Me puso una nota en el cuaderno, para que al día siguiente me acompañara mi madre o mi padre, a fin de aclarar la situación. Mis padres conversaron en su dormitorio, y luego me dijeron que iría mi Papá, porque mi hermano había pillado el sarampión, y mi madre se quedaría a cuidarlo, porque tenía todo el cuerpo lleno de manchitas rojas, tal como lo había tenido yo el año anterior. Era muy desagradable, porque pica todo el cuerpo y no puede rascarse porque se pone peor. No sé qué es lo que hablaron aquel día la maestra y mi padre, pero ella me dijo que no me preocupara. Luego, en casa, mi papá me aseguró que no volverían a tener canarios, si ensuciaban la casa. Habían dejado la jaula en el suelo, en la habitación central, y ambos pajarillos andaban a duras penas por el piso.

Las plumas de las alitas les habían crecido en aquellos días, pero no daban más que unos cortos aleteos que no les alcanzaba para volar. Apenas lograban posarse en los barrotes inferiores de algunas sillas. Por fin, me tranquilicé aquel día, y era como que el Alma me volvía al cuerpo, después de mucho tiempo. Sentí como si me hubieran sacado de abajo de una montaña. Pero no me animaba a reclamarle a mi padre que continuáramos con los experimentos piramidales. Lo que había conseguido era mucho más importante. Podía vivir sin Magia y sin experimentos, pero no habría podido seguir viviendo en una casa con pájaros prisioneros, sintiendo que mis propios padres eran los crueles carceleros. No obstante, yo seguía cuidando a diario los experimentos.

Uno de esos días ocurrió algo que me puso en alerta. La begonia que había colocado mi Papá en la pirámide de cobre, estaba toda opaca y deformada. Algo andaba mal en esa pirámide. Coloqué la plantita en una pirámide de aluminio y en unos días ya se había repuesto, cambiando las hojas. Desde entonces, hice varios experimentos con la pirámide de cobre, pero los resultados nunca eran buenos. En las de aluminio, las de plástico y las de cartón, los experimentos resultaban maravillosos. Pero con el cobre, había que tener mucho cuidado, porque las plantitas se morían y se deformaban sus ramas y hojas.

CAPITULO IV
EL SEGUNDO VIAJE

Tomé el libro de Magia y me fui a mi dormitorio, con una enorme alegría interior. Todo había vuelto a la normalidad. Hice la invocación mágica en voz baja, para que no me escucharan.

- "Visita Interiora Terrae Rectificando Invenies Occultum Lapidem", ¡Oh, Iskaún...! Si me escuchas, por favor, ven a buscarme...

Y luego me fui al fondo, a recostarme bajo la parra. Esperando ansiosamente, sin saber si había sido escuchado. Pero mi mamá me llamó para comer, y di por terminado el asunto. Tenía un raro presentimiento, así que comí poco y pedí permiso para retirarme de la mesa. Volví al fondo, y me recosté contra el tronco de la parra, repitiendo la frase mágica varias veces. "Visita Interiora Terrae Rectificando Invenies Occultum Lapidem". Pasé un buen rato allí, hasta que convencido ya de que Iskaún no vendría, iba a levantarme para ir a hacer algo con las pirámides. Pero al intentar incorporarme, sentí que los pies no se apoyaban en el suelo, sino que se hundían en él, y me di cuenta que estaba entrando a la tierra con mi cuerpo mágico. Tuve lucidez como para levantarme, y antes de irme hacia adentro de la Tierra, miré mi cuerpo durmiente, que había quedado plácidamente recostado contra el grueso tronco de la centenaria parra. Sentí una especie de agradecimiento hacia esa planta maravillosa que no sólo me daba enormes racimos de deliciosas uvas todos los años, sino también sombra durante el tórrido verano.

Desde adentro de su tronco, surgió una luz anaranjada, y me sorprendió una voz profunda, femenina y suave que parecía emanar de la luz, que a la vez iba tomando forma parecida a la humana.

- Yo cuidaré tu cuerpo físico. Puedes ir tranquilo, que te están esperando.

- ¿Tú vives dentro de la parra? -pregunté con enorme curiosidad.

- Claro, la parra es mi cuerpo físico...

- ¡Ah!, tú eres la parra... Si le cuento este asunto a alguien, me dirá que estoy loco.

- Entonces no lo cuentes, je, je, je. Si le cuento a otras parras que un Humano puede verme y salir con su cuerpo mágico, y que hasta puede comprender nuestro idioma, también dirán que me han echado demasiado desinfectante y me he vuelto loca... Je, je, je... Bueno, ya está bien de charla, que te está esperando alguien.

Apenas saludé a la parra, me predispuse a ir Tierra adentro y segundos después estaba cayendo por el túnel, aunque esta vez Iskaún no había venido a buscarme. Ahora el viaje era un poco más rápido, porque como no tenía miedo y estaba seguro de no ir a ningún infierno, disfrutaba del paisaje que ofrecía la piedra en sus más variadas formas y colores, las paredes de fuego y lava, de petróleo y otros minerales, y de agua en diferentes puntos del túnel. ****

En algunos sitios, el espectáculo era casi aterrador, porque las formas del fuego y el magma intraterreno eran magníficas, y se movían hirviendo con esa fuerza que acaba escapando por los volcanes. En unos segundos más llegué al final del túnel y allí estaban Iskaún y Uros, esperándome en sus cuerpos mágicos, con sus amplias sonrisas. Me di cuenta que estaban con el cuerpo mágico, porque sus cuerpos físicos se hallaban más atrás, entre las raíces de los inmensos árboles.

- ¿Tranquilo el viaje, amiguito? -preguntó Uros, jugando con su barba.

- Si, esta vez no tuve ningún miedo, así que disfruté mejor del paisaje del túnel. Pero me hubiera gustado más si Iskaún me hubiese ido a buscar. - dije mientras ella se agachaba a mi lado y me abrazaba con gran cariño.

- Bueno, bueno, no reproches. -dijo Uros- Era necesario para nosotros, saber si podías venir solo, porque estamos entrando en una época en que nuestro Sol tiene una actividad especial, y cuando está en época de humareda, no podemos salir tan fácilmente con nuestros cuerpos mágicos. Mira...

Uros señaló hacia arriba y reparé en que el sol estaba espectacular. El cielo se había hecho anaranjado rojizo, y los rayos del sol eran de una belleza increíble. Podía verlo a simple vista porque no era muy fuerte y, además, yo estaba con mi cuerpo mágico, entonces es más fácil. Desde el sol salían unas lenguas de luz, como pedazos del mismo sol, algo así como si estuviera hirviendo. Un efecto parecido a la lava volcánica que había visto en el túnel. Pero más hacia afuera, se veían unos brazos como de humo negro.

- ¡Qué bonito! -exclamé extasiado con los colores y la forma del sol- ¿Y esos brazos de humo, por qué son así tan raros?.

- Porque el sol -respondió Iskaún- va girando sobre sí mismo. Entonces se forma esa figura. Por lo general, son cuatro brazos, porque el sol tiene cuatro puntos por donde despide energía en esta época. Le llamamos "Época del Sol Negro" y dura más o menos, lo que una vida de ustedes, cerca de ochenta años. Los indios de América, los Lamas del Tíbet, lo Vikingos y los Vascos, y casi todas las culturas del mundo, usan como símbolo ese dibujo, porque aunque no lo saben, añoran volver a la vida normal, como la nuestra, sin guerras, sin muerte, sin enfermedades y, además, se usa ese símbolo mágico con otros significados.

- ¡Qué interesante! ¿Me explicarás más sobre los símbolos, o eso no es muy importante?.

- Claro que sí. Es muy importante el lenguaje de los símbolos, porque producen efectos en el Alma de las personas. Además, dicen mucho más que las palabras. Pero no es tan fácil aprender a usarlos de manera mágica... Oye, Marcel... Estoy viendo apenas en tu mente algún suceso extraño...

- Si... Claro, es que aparecieron dos hombres y... Después de contarles todo lo ocurrido con unas pocas palabras y recordando las imágenes de lo sucedido para que ellos las vieran con su telepatía, me tranquilizaron diciéndome que si no cometía errores, los espías no volverían a molestar.

- Y Además -dijo Iskaún- aunque no seas telépata has sabido manejar muy bien tu mente, así que tienes nuestra felicitación, porque el Libro está a salvo, por ahora. Pero pasemos ya a otro asunto... Daremos un paseo por la tierra de los Unicornios. ¿Te gusta la idea?.

- ¡Si..! ¿¡UNICORNIOOOOSSS!? Yo creía que era pura fantasía, porque...

- Entonces nos vamos ya, porque tenemos poco tiempo. Ya sabes que debemos volver antes que alguien te encuentre y crea que estás desmayado.

-¿Sabes que la parra está cuidando mi cuerpo?. -dije mientras caminábamos.

- ¿La parra?... ¿Has hablado con la parra? -preguntó Uros con cierto asombro.

- Si, pero no creas que estoy loquito. Simplemente salió de su tronco como una luz, tomando luego forma casi humana. Y dijo que cuidaría mi cuerpo.

Iskaún y Uros se miraron sorprendidos, así que les pregunté si había algún problema, o si creían que estaba medio loco.

- No, nada de eso. -se apresuró Iskaún a contestar- Es que si los elementales de las plantas están saliendo con su cuerpo mágico...

- ¿Qué son los elementales? -pregunté confundido.

- Digamos... -explicó Uros- El "elemental" es el Alma de la planta. Tú no eres tu cuerpo físico, como habrás visto, puesto que lo has podido dejar, como quien deja... hummm... Como quien deja su bicicleta. Entonces tú no eres solamente tu cuerpo, sino que tienes un cuerpo... Al que debes cuidar como lo más sagrado, pero sabiendo que eres algo más que el cuerpo. ¿Lo comprendes?.

- ¡Aaahh!, Ahora entiendo todo este asunto mucho mejor. O sea que el verdadero cuerpo es este, el cuerpo mágico...

- No, no. Tu cuerpo físico es verdadero, y tu cuerpo mágico también. Pero tú, el verdadero Ser... Eres un Alma. Algo que tiene sentimientos, y no sólo necesidades de comer o dormir. Esas son necesidades del cuerpo, pero el Alma tiene otras necesidades. Necesita amor, comprensión, cariño, necesita ayudar a los demás, porque también necesitas dar amor, y no sólo recibirlo. La gente que tú conoces allá en tu mundo, muchas veces es infeliz porque se ha olvidado que el cuerpo es sólo un vehículo. Que hay que cuidarlo muy bien, pero no hay que confundirse tanto con él, hasta olvidarse de que somos algo más. Ni siquiera sabe la gente mortal, que tiene un cuerpo mágico, también.

Entonces me di cuenta que no somos un cuerpo, sino un "Ser", que podemos "observar" lo que hacemos, y no sólo hacer lo que quiere el cuerpo.

- Ya entiendo. -dije- Por ejemplo mi tía, que siempre se está quejando de todo, criticando a todo el mundo, llorando y diciendo que su vida es un infierno de sufrimiento... Si tuviera más Amor no sufriría tanto ¿Verdad?.

- Bueno... No conozco el caso particular de tu tía -respondió Iskaún- pero creo que justamente es eso lo que ocurre. Si vives comprendiendo a los demás, dando Amor y haciendo todo lo posible por servir a los demás, no puedes vivir sufriendo. Porque el Amor cura todo, produce una felicidad enorme. El problema es que la gente de tu mundo, en vez de dar Amor, usar la Inteligencia y aplicar la Voluntad, vive odiando, teniendo miedos... Y dejando pasar la vida, sin preocuparse de averiguar qué es lo importante. Viven mirando a otros practicando deportes, en vez de practicarlos ellos, entonces la voluntad se va perdiendo. Y en vez de servir a los demás, viven intentando sacar partido y hasta abusar de los demás.

- O sea -dije deduciendo- que el egoísmo, el miedo y la pereza, como dice mi maestra, son los males más grandes de la humanidad... Y resulta que la señorita tiene toda la razón. Ahora sí que lo entiendo...

- Exacto. Pero hay muchos otros males que se derivan de esos.

- ¿Y cómo se puede curar a todo el mundo?.

- No es tan fácil, Marcel. -respondió Uros- Hemos estado desde hace muchos miles de años, tratando de enseñar a los mortales cómo se pueden curar. Y lo hemos hecho con muchos. Pero la mayoría no quiere aprender... Al menos, la cuestión por ahora será abrir los ojos a cuantas personas veamos que pueden interesarse en cosas importantes.

Mientras Uros se despedía de nosotros, yo estaba meditando profundamente en lo que iba comprendiendo. Dentro de mi corazón, recordaba aquel juramento que había hecho en silencio, a Dios, cuando empecé a entender la fuerza de la Magia.

- Yo hice un juramento -dije a Iskaún mientras ella me tomaba de la mano y con un gesto me invitaba a elevarme para volar.

- Hay que tener cuidado con los juramentos. Si se hacen, hay que cumplirlos.

- Si, eso ya lo sé, pero es que yo estoy absolutamente decidido a cumplirlo. Le juré a Dios que mientras haya sufrimiento en el mundo, yo no descansaré ni seré del todo feliz. Siento que tengo que trabajar mucho para que el mundo sea feliz... Pero también pienso que algún día me voy a morir, y la verdad es que no tengo miedo a la muerte, pero quisiera vivir lo suficiente para hacer ayudar a esa felicidad de todo el mundo.

- Ese juramento lo hiciste muchas veces, desde hace muchísimo tiempo que lo vienes haciendo... Y hasta ahora, lo vienes cumpliendo. No te preocupes por la muerte. En realidad, lo que se puede morir es el cuerpo físico, pero si vives siempre mágicamente tu cuerpo mágico no morirá. Tendrás que aprender muchas cosas, pero al menos estás aprendiendo lo suficiente como para ser un buen Mago.

- ¿Y las pirámides pueden servir para cumplir ese juramento?.

- Claro que si. No es lo único, ni tampoco lo más importante. Pero además de ser muy divertido trabajar con pirámides, es muy útil. Es una pena que la gente de tu mundo se haya olvidado de su uso mágico. Ni siquiera creen en la Magia, hoy en día. La confunden con "fantasía" y con "ilusionismo".

- Entonces... ¿Son cosas malas la fantasía y el ilusionismo? -pregunté preocupado- Porque mi Papá antes de ser ingeniero había trabajado de ilusionista, y a veces nos hace unos trucos muy buenos.

- No son cosas malas. Son útiles para divertirse, para enseñar algunas cuestiones interesantes, pero la Magia es algo muy superior y más importante. No siempre es espectacular como los trucos, pero es infinitamente más útil. La Magia es imprescindible para Ser Mejor y ayudar a los demás. Si los médicos, además de su ciencia supieran más de Magia, lograrían muchas cosas...

Noté que Iskaún, a pesar de vivir en un mundo tan bello y perfecto, también estaba sufriendo lo mismo que yo, y que sentía mucha tristeza por la gente que no es feliz y que vive y muere sin siquiera saber el porqué.

- Hay algo que me gustaría saber: -dije con cierta ansiedad- ¿Por qué vivimos? ¿Cuál es el destino de las personas?... Porque no puedo creer que mi abuelita, que murió el año pasado, sea nada más que polvo en el cementerio...

- No, nada de eso. Si ella ha sido una persona amorosa, seguro que volverá a nacer en mejores condiciones y su Alma tendrá una nueva oportunidad. Y según lo que se haga en una vida, será lo que le ocurra en la siguiente. Pero lo ideal, sería no morir. En eso consiste la finalidad máxima de la Magia.

- Entonces mi abuela... No sé, decían que ella era maga. Ha vivido sirviendo a todo el mundo y era muy feliz, aunque no del todo porque sufría por el dolor ajeno. En eso soy igual que mi abuela,.. Pero no se puede ser Mago, sin antes aprender a ser feliz ¿Verdad? -

-Eso es. Aunque como hemos hecho el Gran Juramento, tampoco seremos absolutamente felices, mientras no lo sea todo el mundo.

- ¿Tú también has hecho el juramento? -pregunté sorprendido.

- Si. Igual que tú. Muchos... "dioses" lo hemos hecho. Porque tenemos demasiado Amor como para Ascender al Reino de los Cielos dejando atrás a la humanidad mortal que sufre tanto. Y nuestra tarea consiste en enseñar la Magia a todos los que quieran aprenderla para ayudar a los demás. Debemos tener ciertos cuidados, porque hay algunas personas que sólo quieren aprender la Magia para tener cosas materiales, o para mandar sobre los otros. Y eso es un error terrible, porque hacen daño a todos y se pierden ellos mismos en un mar de sufrimiento.

- ¿Esos son los "Magos negros"?

- Si, así se les llama. Pero es un nombre muy mal puesto. En primer lugar porque hay un Raza Negra, que nada tiene que ver con esos magos malos, que de ellos hay en todas las razas. También hay que considerar que el color negro representa la Eternidad, el Infinito. Yo prefiero llamarles "antimagos" o "brujos", porque en realidad, el poder sobre los demás que obtienen, es pasajero. Pero además, no les da la felicidad ni la alegría que esperaban encontrar, sino todo lo contrario. Casi todos terminan locos, y sus almas deben pasar luego por los mismos sufrimientos que han provocado en otros.

Mientras seguíamos la conversación, íbamos volando a poca altura, y pasábamos sobre unos lagos increíblemente hermosos, con plantas acuáticas de flores gigantescas, cuyo perfume suave y delicioso llegaba hasta nosotros. ¡Y yo que creía que el jazmín era el aroma más rico!. A medida que avanzábamos hacia la tierra de los Unicornios, el paisaje se hacía cada vez más extraño. Para que lo apreciara mejor, Iskaún me advirtió que volaríamos muy, pero muy alto durante unos minutos, para ver la gran entrada polar, por donde se puede entrar con el cuerpo físico al mundo intraterreno. Era un espectáculo maravilloso.

El horizonte iba haciéndose más curvo hacia adentro, hasta formar un enorme círculo. En unos minutos, llegamos a un punto desde el cual se veía una especie de túnel gigantesco, que era en realidad el horizonte en aquella dirección. Mirando hacia atrás, el horizonte era más abierto, pero hacia la tierra de los Unicornios, se cerraba formando aquel túnel, entonces comprendí mejor el hecho de estar en la parte interior de la Tierra, y me daba un poco más de idea de las dimensiones gigantescas del planeta.

- ¿Y por qué es ovalado el gran túnel? -pregunté.

- No es en realidad ovalado. Es redondo, pero aún volando más alto que los aviones, no podemos verlo redondo. Deberíamos volar en esta región, veinte veces más alto que los aviones para verlo en su justa forma, pero como el sol está tan activo, no nos conviene volar tan alto. Podríamos desmayarnos, y nos quedaríamos dormidos mucho tiempo. Y tú tienes que regresar pronto. Mira, ya estamos llegando a la tierra de los Unicornios. Fíjate en esos lagos que hay allá a lo lejos. Pues hasta allí vamos.

Aceleramos nuestro vuelo, y en escasos minutos llegamos a la región de los Unicornios, y fuimos descendiendo poco a poco, mientras iba maravillándome con el paisaje. Había un enorme lago rodeado, como casi toda la Terrae Interiora, de espesa selva, llena de flores de todos colores, pero también había algunas llanuras hermosas, salpicadas de bosques y peñascos. Unas cascadas muy bellas formaban un arroyo que terminaba en el lago, y hacían una música natural muy bonita, al saltar el agua entre las piedras. Apenas pusimos pie en tierra, pude observar mejor a unos caballos que habíamos visto desde lejos. ¡Eran Unicornios!. Tenían todos y cada uno, un cuerno muy bonito y brillante, que parecía una linterna en la frente.

- ¡Y me decían que los unicornios no existen, que era pura fantasía!

- Sí que existen. Pero son muy especiales. Ya verás; acerquémonos.

Yo había visto de cerca los caballos, en el campo de mi abuelo, y como era muy pequeño, no había montado nunca. Pero me gustan mucho, así que me acerqué a uno que pastaba en solitario, pensando en que quizá podría montar un Unicornio.

- Eso si que no, Amiguito... -respondió una voz nueva, que no era de Iskaún.

- ¿Tú has dicho eso? - le pregunté sorprendido.

- No, soy yo quien te está hablando... Mi nombre es Relámpago. Disculpa que siga comiendo estas ricas hierbas, pero es que me he bañado en el lago y ya sabes que el baño da hambre...

- ¡¿Es el Unicornio el que habla!? -pregunté a Iskaún entre confundido y asustado, mirando a uno y a otro. Pero ella sólo sonreía pícaramente.

- No, yo no he hablado. Te juro que no sé hablar... Bueno, al menos lo que tú llamas "hablar". Pero si por hablar se entiende poder relinchar telepáticamente y comunicarnos de alguna manera, pues si, entonces te diré que yo te he hablado... Las palabras no salen de mi garganta, sino de mi mente, que conoce toooooodos, toditísimos los idiomas de los hombres de la Tierra. Tanto de los mortales como los de los inmortales. Tanto de los negros, como de los blancos, como de los amarillos, los cobrizos, los azules, los verde claros...

- ¡Ey!, espera... Está bien que estoy sorprendido y toda esta experiencia es muy rara, pero no soy tonto. No hay hombres azules ni verdes...

- Ji, ji, ji, iiiiiihhhhhiiiiiiijjjjjjjaaa brrrrrr... -relinchó el Unicornio con estridencia que me sobresaltó.

-Ahora sí que empiezo a pensar en serio que debo estar loco...

- Perdona, es mi forma de relinchar cuando me río. -respondió Relámpago- Ya veo que Iskaún aún ni te ha hablado de los Dragtalófagos, ni de los Telemitas, ni de los Cloremáticos...

- ¿Y quiénes son...?

- Bueno, bueno, bueno... Eso te lo dirá Iskaún. Yo no soy tu guía turístico, pero en cambio puede que les acompañe si necesitan servicio de traductor...

- Esto parece un sueño... -dije mirando a Iskaún, intentando saber si estaba dormido o despierto- Me habían dicho que los Unicornios no existen, y no sólo los estoy viendo, sino que... ¡Estoy hablando con uno de ellos!. Quizá, como dice Mamá, me falta un tornillo. Si estoy medio loquito, espero que se me pase.

- No, nada de eso, -dijo Relámpago- simplemente ocurre que no estás acostumbrado a tratar con seres diversos, porque tu mundo vive prisionero, aunque no se den cuenta...

- ¿Que vivimos prisioneros?, ¡Pero si en mi país impera la Libertad!.

- Ji, ji, ji, ji... Espera. Que me contenga el relincho, porque el tema no es para risa. Ustedes, los mortales, viven prisioneros en la superficie externa del planeta Tierra. No pueden ir de vacaciones a otros planetas, ni conocen la realidad. Son presos de la ignorancia, el odio, el miedo y miles de deseos insatisfechos.

- Espera, Relámpago... -intervino Iskaún- que Marcel apenas es un niño, no podemos enseñarle todo de golpe. Y además también hay cierta libertad en su mundo. Pero en todo caso, está la Libertad Interior...

- Si, claro, pero ellos ni la conocen. Mira, amiguito, apúrate en aprender las cosas importantes de la vida, porque la vida de ustedes es demasiado corta, aunque les parece larga, y cuando se empiezan a dar cuenta, están viejos y poco después más muertos que una momia. Y lo único que pueden llevarse con ustedes a donde quiera que vayan, es lo que hayan aprendido con toda el Alma. Disculpa que sea tan cortante, pero como soy un caballo, no tengo mucha idea de la cortesía. Pero te digo esto de todo corazón, y eso sí que tengo. No dejes pasar ni un sólo día en tu vida, sin pensar qué es lo de verdad "importante", y qué es lo simplemente "interesante".

- ¿Y cuál es la diferencia? -pregunté con ingenuidad.

- Pues... Para mí, comer estas hierbas es importante... Y saber para qué existo y cómo ser un buen Unicornio, también. Pero aprender la lengua de los macuxíes de la Selva Amazónica, allá en el mundo de afuera, es apenas "interesante". No seré mejor Unicornio, ni más feliz, si la aprendo, ni me desespero por no conocerla correctamente. Aprenderla sería muuuuy interesante. Pero que la sepa o no, no cambia nada importante.

- Me parece que es un poco difícil saber qué cosas son importantes, y cuáles son interesantes. Debería hacer una lista con ambas, para ver la diferencia.

- Bien, bien, veo que vas comprendiendo. Jugar, en esta etapa de tu vida, es importante, pero hay juegos importantes y otros que sólo son interesantes... A ver, piensa un poco en tus juegos, a lo que te gusta jugar... -cerré los ojos y pensé en mis juegos para que Relámpago leyera mi mente- Ah, bien, bien, ya veo. Te gusta jugar a la pelota, andar en bicicleta, a los vaqueros, a ser astronauta, el ajedrez, a la guerra... Bien, bien... ¡Uuufff!, te gusta jugar a muchas cosas... ¡QUÉEEE!?, ¿¡TE GUSTA JUGAR A LA GUERRAAAA!?. ¡Iskaún, has traído a un niño violento a nuestro mundo! ¿Cómo es eso?.

- No, tranquilízate. -intervino Iskaún conciliadora- No te olvides que tiene Alma de Guerrero. Pero ha hecho el Gran Juramento, así que ya lo comprenderá. También ten en cuenta que es muy pequeño.

- ¡No importa que sea pequeño!- dijo Relámpago evidentemente ofuscado- ¡Y que ha hecho el Gran Juramento! ¿Entonces cómo es que juega a la guerra?

- Pero... Si es que apenas he jugado alguna vez a eso, y todos los días mis amiguitos juegan... -dije intentando excusarme.

- Escucha bien, chiquillo: Perdóname que me haya alterado un poco, pero la guerra no es cosa de juegos. Bueno, veamos si entiendes, porque ese -por ejemplo- es un asunto MUY IMPORTANTE aunque para muchos tontuelos sólo sea "interesante". La guerra puede ser un efecto inevitable de una situación determinada. Por ejemplo, si quieren convertirte en esclavo. Pero debes saber muy bien lo que haces y contra quien haces la guerra, porque la mayoría de las veces, sólo servirás a los acólitos de Ogruimed el Maligno, que inspira en los mortales los miedos, los vicios, los odios, la pobreza, la esclavitud... Así que el Verdadero Guerrero de la Luz no debe combatir nunca en la guerra a muerte, salvo en casos muy especiales, pero rara vez en la historia han sido soldados. Ahora atiende esto: La guerra es una TRAGEDIA, no un juego.

- ¿Y cómo se puede ser un Guerrero sin ser un soldado?.

- De muchas maneras. Escribiendo cosas importantes, investigando en la ciencia para ayudar a los demás, pensando antes de actuar, enseñando a los demás cuáles son las cosas importantes... Y disculpa que... ¡Qué rica está esta hierba...! Pero está claro que primero tienes que aprender la diferencia entre lo importante y lo interesante... ¿Ves lo importante aquí, que es esta conversación y no el comer la hierba que puedo seguir comiendo después?

- ¡Si, lo entiendo! O sea que hay cosas que en un momento dado pueden ser más importantes... También me gusta hacer experimentos con pirámides ¿Eso es importante?.

- Huummm... Déjame pensar... Es como si preguntaras si estudiar medicina es importante, o si construir casas es importante. Bien, bien... Pues... Con franqueza, lo más importante en la vida no es hacer cosas con pirámides, sino ser mejor persona, ser... Eso, SER. Siempre es más importante SER que HACER. Pero sí, también "hacer" es importante. Los experimentos con pirámides... Bueno, si, de acuerdo, son importantes también, no sólo interesantes, igual que estudiar medicina o cualquier cosa que sirva para ayudar a los demás. Cuando uno aprende a "Ser" una buena persona, o un buen Unicornio, o un buen Mamut, cualquier cosa que "haga" será en beneficio propio y para los demás.

- ¿Y tú eres un buen Unicornio?.

- Esteeee... Ejem... Modestamente, soy el mejor Unicornio que hay en toda esta... -miró hacia todas partes y continuó- Bueno, en cincuenta metros a la redonda. Ji, ji, ji, iiiiiihhhhhiiiiiiijjjjjjjaaa brrrrrr... Hiiijijijiiii brrrrrr...

Claro que los otros Unicornios estaban como a cien metros, así que era indudable que era el mejor allí mismo.

- ¿Y por qué dicen en mi mundo que los Unicornios no existen?

- Pero, sin embargo, somos muy famosos y todo el mundo habla de nosotros, y hasta escriben libros y nos pintan por todos lados. Luego le dicen a los que nos han visto, que están locos... Creo que los mortales son más tontos de lo que parecen... Esteee, perdón por mi sinceridad...

- No hay problema, yo creo que es cierto -dije al darme cuenta que estaba avergonzado por creer que me ofendería.

- Lo importante, amiguito, es que tienes buenos sentimientos. Pero sobre nuestra "inexistencia", caballonalmente, prefiero que sigan creyendo eso ¿Sabes lo que pasaría si se enteran de que existimos?.

- Pues... Que los querrían domar, y meterlos en un corral...

- ¡PEOR QUE ESO !!!. ¡Nos buscarían y nos matarían para quitarnos los cuernos, como hacen con los elefantes y los rinocerontes!.

- ¡Claro! -dije- Ahora comprendo. La verdad es que la humanidad a la que pertenezco es demasiado mala, egoísta... Y cruel.

- Buenooo... -dijo Relámpago más tranquilo- Un día de estos, si vienes con tu cuerpo físico, te prometo que dejaré que subas a mi lomo, y te llevaré a dar una vuelta. Pero ahora, si me disculpan, me iré a echar un rato a la sombra. Esta conversación me ha dado un poco de calor.

Se despidió acariciando mi brazo con la cabeza, que aunque no sentía al tacto, lo sentí en el corazón. Había ganado un nuevo muy amigo, muy especial y muy sincero. Mentalmente, le agradecí que fuera tan franco, porque quienes nos dicen cosas importantes, seguro que nos quieren bien.

- Ahora -dijo Iskaún- iremos a ver a otro amigo. También muy especial, pero no tan amistoso como Relámpago. Sin embargo, quiero que le conozcas porque en algún momento puede ayudarte, cuando seas mayor.

Nos volvimos a elevar y fuimos volando a otra región, del otro lado del lago y mucho más cerca del Gran Hueco Polar. Allí también había selva muy espesa, pero también había algunas partes casi desérticas, aunque también con ríos, lagos y arroyos, alrededor de los cuales se formaban manchones de vegetación.

- En esta zona no hay mucha selva porque el suelo tiene mucha piedra, y hay animales muy grandes que se comen las plantas. Algunos, incluso se comen entre ellos. Hace muchos millones de años el maligno Ogruimed se puso a hacer experimentos biológicos y diseñó monstruos de toda clase. Finalmente, mis ancestros echaron fuera a los monstruos y a Ogruimed, pero algunos han quedado en esta zona, aislados con un campo de fuerza magnética, para estudiarlos y para ayudar a cierto tipo de Almas a evolucionar.

Justo llegábamos al lugar, donde el espectáculo que vi me llenó de miedo. Había allí auténticos monstruos prehistóricos, como en los museos. Pasamos cerca de uno de aspecto muy feo, que aunque no parecía vernos, daba unos gritos espantosos y mostraba hacia todos lados una dentadura terrorífica.

- No tengas miedo. -dijo Iskaún- Ellos no pueden hacerte daño alguno porque estás con tu cuerpo mágico, pero ni siquiera pueden verte ni oírte. Tampoco tienen sentimientos, ni emiten sensaciones de sufrimiento. Son mentalmente, una masa de instintos básicos. Comen, duermen, atacan, pasean, buscan calor o sombra, pero no pueden pensar ni sentir. Si otro animal les ataca, no sufren, sino que contraatacan y hasta sienten una especie de placer cuando les hieren o hieren a los otros.

- ¡Qué horrible...! ¿Y cómo es que en un mundo tan maravilloso tenéis monstruos así...?

- Algunos de nuestros sabios proponen eliminarlos para siempre, pero otros no están de acuerdo, porque han servido para demostrar que los Humanos, ya seamos mortales o inmortales, no debemos hacer experimentos genéticos, sino atenernos a las Leyes Eternas. Los sabios de hace millones de años debieron combatirlos y los eliminaron, pero Ogruimed volvió a las andadas, y convenció a sus descendientes para que los fabricaran de nuevo, así que se decidió dejar unas muestras, para todas las generaciones recuerden lo que resulta de esos experimentos.

- Hace un tiempo escuché en la radio que con los experimentos genéticos podrían curarse muchas enfermedades, hacer plantas que produzcan más comida para que nadie pase hambre... Mi papá dice que según le parece, todo eso es muy malo, pero dice que no sabe muy bien el porqué.

- Es comprensible. Tu padre es un hombre muy bueno y muy sensible, pero como no tiene conocimientos más completos; sabe lo que está mal aunque no logra entender las razones de que lo esté. Pues te aclararé este asunto porque como dijera Relámpago, es un asunto IMPORTANTE para todo tu mundo. Vamos a la cima aquella, antes de visitar a nuestro amigo.

Nos sentamos en la cumbre de un peñasco, cerca de donde se hallaban algunos de aquellos monstruos terribles, y aunque sabía que no podía ni verme, ni hacerme daño alguno, sentía mucha impresión, con esos pobres bichos tan cerca de nosotros. En eso que estaba tratando de controlar mi miedo, uno de esos dinosaurios saltó a una pequeña planicie cercana a nosotros, y si hubiéramos estado allí con cuerpo físico, podía habernos comido de una sola dentellada.

- Vamos, Marcel, controla tu miedo... -me dijo Iskaún, sonriente, como si la situación fuera para broma - que no estás con el cuerpo físico.

- Vale, me tranquilizaré. Pero dime la razón por la que son malos esos experimentos, por ejemplo, y no lo son, en cambio, los experimentos con pirámides.

- Pues, cualquier experimento que se haga sin saber lo que se quiere lograr, es malo. Los experimentos con pirámides no son malos, porque hay un objetivo claro, un método sencillo, y se está usando una energía que es armónica con el resto de la Naturaleza. Aún así, hay que tener cuidado con las de metales y evitar especialmente las de cobre, si se aplica a seres vivos. Del mismo modo, no es malo hacer experimentos con la electricidad, aunque es algo más peligrosa. Pero hay experimentos que no son potestad de los Humanos. Ni siquiera nuestra, que somos Humanos inmortales. La forma genética de los seres, ya sean vegetales, animales o Humanos, no sólo tiene aspectos visibles al microscopio, sino también aspectos invisibles, que se llaman "psíquicos". Entonces no se pueden manejar esos aspectos, porque no hay cómo verlos. La Ley de Selección de la Naturaleza se encarga de ese asunto. Pero hay algo más importante aún que eso. Es la INTENCIÓN de un experimento. Tanto Ogruimed el maligno, como los científicos de tu mundo, tienen intenciones que no concuerdan con el bien de todos.

- Si, pero también hay científicos buenos... ¿Verdad?

- Si, algunos pocos. Pero la mayoría piensa con orgullo en su fama y su dinero, entonces olvidan la "ética" y cometen errores. En tu mundo se usa el dinero, y han armado su sociedad de tal manera, que creen que no es posible vivir sin él. Y ciertamente, ahora a la mayoría se le hace imposible vivir sin dinero. Es una forma de esclavitud impuesta. Entonces los científicos de tu mundo, trabajan para obtener dinero, fama, supuesto prestigio, y los que les pagan quieren algo más terrible que la fama y el dinero... Quieren poder. Poder sobre los demás. Poder para controlar a los demás, como si los demás fuesen simples objetos. ¿Comprendes?.

- Si, creo que si... Pero... ¿Tan malo es mi mundo?.

- No toda la gente. Al contrario. La enorme mayoría de las personas son buenas, aman a sus padres, a sus hermanos, a sus hijos, a sus vecinos y amigos. Pero hay unos pocos que arruinan todo. Si realmente deseas ser un Mago... Si de verdad sientes ese Gran Juramento que has hecho a Dios, de trabajar para que todo el mundo sea feliz, has de saber las cosas buenas y las malas. Si sólo te quedas con la parte buena de la Verdad, no conoces toda la Verdad. Y sólo conociéndola toda, con sus partes buenas y agradables, como la partes malas, desagradables, puedes hacer que lo malo se acabe y lo bueno triunfe.

- Si, eso se lo escuché decir a mi maestra, y a mi Papá. Pero hay muchas cosas que es mejor no saber, porque se sufre mucho.

- Bueno, claro... Se sufre hasta que uno comprende más. Por poner un ejemplo... ¿Te ha servido de algo conocer a Relámpago?.

- ¡Claro!, ha sido tan franco... Y lo más importante, es que me ha enseñado que hay que diferenciar entre lo "importante" y lo "interesante" y que a veces algo que no parece importante, puede serlo en cierto momento, y que algo que es importante puede dejarse para después... Aunque sobre eso tendré que meditar para terminar de entenderlo. Además me ha hecho dar cuenta de que en mi mundo, la gente no es tan inteligente como ella se cree, porque todos hablan de los Unicornios, pero dicen que no existen.

- ¿Y qué te ha parecido la experiencia de saber que existe este mundo en el que todo es más bonito y la vida mucho mejor?

- Pues... La verdad que yo creía que mi mundo era lo mejor, pero ahora estoy entendiendo que no es muy bueno, aunque yo tenga mis padres que me quieren mucho, y no me falta nada importante.

- Entonces, comprendes que en tu mundo hay grandes sufrimientos, injusticias, guerras, hambres y cosas que antes te parecían que no te afectaban ¿No?.

- Si, claro... Es que no sabía que hay otro mundo, entonces no me daba cuenta de lo mal que está el mundo mío...

- Entonces ahora estás comprendiendo que hay cosas malas y cosas buenas...

- Si. Incluso aquí hay cosas malas, como esos monstruos...

- Exactamente. Y ahora sufres un poco más por las cosas que pasan en tu mundo porque eres más consciente de ello. ¿Es así?

- Eso, ahora sufro más, porque quisiera que la gente no se muriera, que fuera feliz, o que por lo menos, si hay que morir, que todos vivieran en paz y no se murieran en combates.

Y como me daba cuenta cada vez más que en mi mundo hay tanto sufrimiento, que antes veía en las noticias pero parecían que estaban muy lejos de mí... Me puse a llorar con profunda tristeza. Entonces Iskaún me abrazó y me dijo.

- Ahora dime: ¿Preferirías olvidarte de que has venido aquí y has aprendido estas cosas? ¿Preferirías olvidarte de tu Gran Juramento de hacerte Mago para que todo el mundo sea feliz?... Si lo prefieres así, puedo ayudarte para olvidar por completo...

 

(Actualización en web, Junio de 2012 )